Bienvenidos a la casa de Matisse en CaixaForum Madrid
La sala de exposiciones ha inaugurado Chez Matisse: El legado de una nueva pintura gracias a la colaboración entre el Centre Pompidou y la Fundación “la Caixa”. En total, se han reunido 46 obras del artista además de 49 de otros creadores coetáneos o posteriores influidos por sus ideas sobre la pintura.
Henri Matisse pertenece a esa fascinante generación de pintores que hacen de puente entre los últimos coletazos de la tradición académica del siglo XIX y la modernidad del siglo XX.
Al igual que Picasso, que solo era 12 años más joven que él –y con quien compitió en vida por ser el adalid de la modernidad–, supo llevar a la pintura a nuevos territorios, sin dejar atrás la figuración ni perder de vista la importancia de la disciplina o sus valores más esenciales: color, expresión y composición.
Se trata de una de las figuras más monumentales de la historia del arte moderno y para contar su historia se debe hablar, inevitablemente, de su contexto. Esto es algo que CaixaForum Madrid, el Centre Pompidou y la comisaria y conservadora jefe de las Colecciones modernas de este museo, Aurélie Verdier, han entendido perfectamente a la hora de crear esta muestra, ya que han incluido obras de varias decenas de otros autores.
En su mayoría proceden de los fondos del Pompidou, cuya sede central se encuentra cerrada por unos trabajos de renovación que se prolongarán hasta 2030.
Así es cómo nació Chez Matisse: El legado de una nueva pintura, una muestra que reúne 95 obras –46 de ellas del protagonista de la exposición– y que en todo momento quiere hacer consciente al público de la relación tan cercana entre los talleres de todos los artistas presentes en ella.
Esto se consigue no solo con una cuidada selección –que incluye obras que nunca habían pisado nuestro país, como Lujo, calma y voluptuosidad, y otras que incluso no habían salido de Francia, como Marguerite con gato negro– sino también con la propia museografía.
Gracias a un recorrido serpenteante en el que la separación entre los pasillos solo se establece por muretes en sobre los que se colocan las pinturas, estas se superponen unas a otras, y crean un mosaico cambiante que obliga al visitante a la comparación constante.
La exposición comienza con los años de formación de Matisse en el taller de Gustave Moureau, quien, según contó la comisaria durante la presentación, a la que también asistió Isabel Fuentes, la directora de CaixaForum Madrid, daba una gran libertad a sus alumnos.
Según explica Verdier en el catálogo que se ha editado sobre la muestra: “No es un revolucionario de cuna. Llega al arte relativamente tarde y pasará mucho tiempo buscándose a sí mismo antes de convertirse en uno de los artistas esenciales del siglo XX”.
De hecho, la obra más temprana de la muestra es un autorretrato fechado en 1900 cuando Matisse tenía 31 años que, aunque lejos de su futuro “yo”, ya tiene un uso atrevido del color.
Una característica que le diferenciaría y le posicionaría en la vanguardia y de la que también hay un interesante ejemplo en una Naturaleza muerta con una chocolatera de entre 1900 y 1902.
Esta se ha colgado al lado de otro bodegón de tema similar, La cafetera de Albert Marquet de 1902, con un cromatismo mucho más tradicional.
A veces, tal y como también recalcó Verdier, es “difícil distinguir a Matisse de sus coetáneos”. Con unas inquietudes similares, el parecido es innegable en distintos momentos con Maureice de Vlaminck, André Derain, George Braque o Juan Gris (con el que Henri prefería hablar de cubismo en vez de con Picasso, del que no se fiaba por su fama de apropiarse de ideas ajenas).
Pero la relación con el malagueño fue inevitable, y no solo con la “competición” encarnada en las diferencias entre las Señoritas de Avignon y La alegría de vivir.
Los puntos de contacto entre la visión de ambos –fundamentalmente, el interés por las culturas “primitivas”, de las que Matisse fue de los primeros coleccionistas– también se ve en El lujo I, creado en el verano de 1907 (del que al final de la exposición hay una versión pop de Alain Jacquet creada nueve años después de la muerte de Henri).
También se comparan dos bodegones, Naturaleza muerta con aparador verde del francés y Naturaleza muerta con candelero del español, a los que se paran casi 20 años.
La amplia selección permite prestar atención a todos los hitos por los que Matisse pasó a la posteridad. Desde las vistas de su estudio como Interior con pecera y El pintor en su estudio –en la que, curiosamente, la modelo está vestida con un caftán verde y el pintor parece estar desnudo– anteriores a su traslado a Niza; la incertidumbre existencial que acompañó a la creación de la inconclusa Puerta-ventana en Colliure durante la I Guerra Mundial –y que sería una fuente de inspiración para los expresionistas abstractos como Barnett Newman, del que hay un par de obras al final de la exposición–; pasando por su interés en lo exótico y su relación con artistas como el argelino Baya; hasta terminar con los collages a los que recurrió una vez que su maltrecha salud le impidió seguir pintando.
Chez Matisse es un recorrido no solo por la vida de un autor fundamental, sino por la trayectoria de la propia pintura durante la primera mitad del siglo XX. Una exposición excepcional que trae un buen fragmento del Pompidou de París a Madrid y que luego viajará a la sede del CaixaForum en Barcelona.





