Las interacciones de Picasso y Klee de la Colección Berggruen en el Thyssen
Si la semana pasada se presentó en el Museo Thyssen-Bornemisza una exposición de referencia y a gran escala como Warholl, Pollock y otros espacios americanos, que recoge los hilos que unían a ambos artistas, ahora acaba de inaugurar Picasso y Klee en la colección de Heinz Berggruen, una muestra de diferente escala, plena de detalles, que reúne 63 obras, 49 del museo alemán y 14 del museo madrileño, entre ellas seis de pintura antigua que contextualizan todo el conjunto. Patrocinada por la Comunidad de Madrid, cuenta con el comisariado de Paloma Alarcó y Gabriel Montua, que han sabido perfilar un diálogo de sensibilidades de dos creadores seminales en el arte moderno del siglo XX. Permanecerá abierta hasta el 1 de febrero.
Paul Klee (1879-1940) y Pablo Picasso (1881-1973) fueron dos de los pintores preferidos del galerista y coleccionista Heinz Berggruen (Berlín, 1014-París, 2007) que llegó a la pintura moderna desde la literatura y el periodismo. Esta muestra, organizada por el Museo Thyssen en colaboración con el Museo Berggruen de la Neue Nationalgalerie de Berlín, es una ocasión para mirar con detalle la huella que ambos artistas han legado a la posterioridad.
Dos personalidades, aparentemente muy alejadas, pero con algunas similitudes. Desde la mirada más introspectiva, espiritual e intelectual de Klee y su gusto literario y musical a un Picasso mediterráneo, terrenal, excesivo y sensual. A los dos les unió la experimentación constante en su modo de acercarse al mundo. Las obras expuestas nos enseñan a valorar el detalle, la escala reducida que dominaron junto al dibujo en una mirada única.
Guillermo Solana, director artístico del Thyssen- Bornemisza, dijo en la presentación que ambos artistas se confrontan pero que en esta muestra se ha conseguido traer a Picasso al terreno espacial de Klee, más inclinado al pequeño y mediano formato. Entre ellos hubo afinidades como su pasión por el dibujo y recordó algunos paralelismos entre el modo de coleccionar de Heinz Berggruen y Hans Heinrich Thyssen y que hayan puesto en marcha dos museos públicos en Madrid y Berlín.
Klaus Biesenbach, director de la Neue Nationalgalerie de Berlín, mencionó que esta muestra revela sutileza y elegancia, en ese diálogo de sensibilidades tanto de Picasso y Klee como entre Heinz Berggruen y Hans Heinrich Thyssen, dos coleccionistas y amigos.
Por su parte Olivier Berggruen, hijo de Heinz, definió la trayectoria de su padre como un desplazamiento constante, tanto en su etapa de formación en Alemania y Francia, como en su etapa de madurez, condicionada por el ascenso de los nazis al poder, que le obligó a exiliarse primero a San Francisco, donde colaboró con Diego Rivera, y después de la Segunda Guerra Mundial cuando regresó a Europa, primero a colaborar en la Unesco y luego abriendo una galería de arte en París, a la que dedicó más de cuatro décadas, unido a su pasión por el coleccionismo, que comenzó con una obra sutil de Paul Klee, al que le unía su afición por la literatura. Más tarde regresó a Alemania en la década de los 90 y en el año 2000 se fundó el Museo Berggruen en su capital natal, que reúne las obras de algunos de los pintores por los que sintió especial devoción: Klee, Picasso, Matisse, Miró, Chagall o escultores como Giacometti, entre otros creadores.
Por su parte los dos comisarios, Paloma Alarcó, jefa de pintura moderna del Museo Thyssuen, y Gabriel Montua, director del Museo Berggruen, subrayaron la relevancia de esta exposición que permite observar esa interacción entre un pintor del norte como Klee con un mediterráneo intuitivo como Picasso, dos de los artistas más influyentes de la primera mitad del siglo XX, que se admiraban mutuamente y donde se pueden rastrear muchos puntos de referencia y afinidad y un gran conocimiento del mundo clásico.
Paloma Alarcó y Gabriel Montua, que ha contado con la ayuda de Marta Ruiz del Árbol y Natalie Zimmer (comisarias adjuntas), han estructurado Picasso y Klee en la colección de Heiz Berggruen en cuatro temas o géneros, que abordaron a lo largo de la carrera de ambos artistas. El primero, Retratos y máscaras, nos demuestra cómo fueron capaces de cambiar el significado del retrato moderno, a la búsqueda de una verdad más profunda que la mera apariencia como en la pintura antigua, simbolizada en ese Retrato de una mujer (1539) de Lucas Cranach el Joven, junto a una obra de Picasso basado en esa tabla que transgrede la composición del pintor alemán y que el malagueño pintó en 1958. En este espacio hay una interacción entre Dora Maar con uñas verdes (1936) de Picasso y Dama con lacre (1930) de Klee, y otra muy evidente de La señora R. viajando por el sur (1924) del pintor alemán nacido en Suiza junto al Jersey amarillo (1929) del español. Hay en esas composiciones y en otros desnudos de Picasso una intención de reflejar lo mágico.
El segundo ámbito, Lugares, contextualizado por esa Vista de Binnenhof, La Haya, pintado a finales del siglo XVII por Gerrit Adriaaensz Berckheide, denota como el género del paisaje fue fundamental para los dos, aunque quizás más para Paul Klee. Para Picasso fue relevante para el surgimiento del cubismo, mientras para Klee resultó fundamental, tanto en su viaje a Túnez que terminó repercutiendo en su estilo. Del español mencionar Vista de Saint-Malo (1922), un exquisito dibujo y un Desnudo tumbado en la playa (1961). Y de Klee, Costa Clásica (1931), Casa giratoria (1921), Paisaje en verde (1922), Castillo con puesta de sol (1918), Un lugar en el norte (1923) y Ciudad de ensueño (1921), donde reflejó muy bien el dominio de la acuarela para narrar un cuento visual.
En la tercera sala re reúnen naturalezas muertas, incluyendo una elegante obra atribuida a Jan Jansz. van de Velde III, Bodegón con fuente china, copa, cuchilla, pan y frutas (hacia 1650-1660) que nos sugiere una reflexión sobre la existencia y vanidad humana. Picasso, gran cultivador del género, y Klee fueron más allá para ahondar en la esencia y experimentaron descomponiendo y reconstruyendo la realidad aparente. Llaman la atención óleos de Picasso como Naturaleza muerta con racimo de uvas (1914), que sentó las bases del cubismo sintético y otros como Naipes, tabaco, botella y vaso (1914) y ese carboncillo de 1912, Violín.
Klee optó por crear metáforas oníricas donde las formas parecen flotar pero también apostando porque la esencia de las cosas va más allá de su aspecto formal como denotan Porcelana china (1923) y Flor y fruta (1927).
La última parte, reúne una selección en torno al desnudo, el mundo del circo y los arlequines. Pablo Picasso a lo largo de su trayectoria dedicó en muchos períodos su apuesta por el desnudo y ese pulsión queda subrayada por Dos bañistas (1921), Bañista reclinada (1920) y Silenos con danzantes (1933), y por el mundo circense, como Arlequín sentado (1905), Circo (1968-1969) o Arlequín con espejo (1923), obra que en el pasado perteneció a Heinz Berggruen y que actualmente forma parte de la colección permanente del Museo Thyssen. Ambas temáticas se vinculan en obras del artista, como puede verse en Joven con espejo y estudios de desnudos femeninos (1923), donde se presenta una mujer desnuda junto a un hombre con cuello de arlequín y un espejo en su mano derecha.
Klee, con menos intensidad, también le atrajo el circo y lo pintó en diversas ocasiones, aunque abordó el cuerpo de forma diferente a Picasso, concibiéndolo como una extensión de la arquitectura en la que se ubica. Esta idea se manifiesta en Arlequín en el puente (1920), donde tanto la estructura del puente como la figura comparten patrones geométricos y una paleta cromática similar que los funde en un único conjunto, y en Despertar (1920), en la que la silueta reclinada se integra con el fondo mediante formas y gamas cromáticas afines.






