Maruja Mallo renace en el Reina Sofía

Maruja Mallo renace en el Reina Sofía

El museo y centro de arte madrileño celebra a la artista más singular de la Generación del 27 rescatando de los almacenes algunas de sus obras y recuperando material inédito de su archivo documental para esta gran retrospectiva coorganizada con la Fundación Botín que reúne cerca de 200 piezas entre pinturas, dibujos, fotografías y textos de la autora.

Maruja Mallo. Autorretrato con manto de algas. 1945.

“Aquí la culpa de todo la tiene la jodía mística”, comentaba de manera recurrente Maruja Mallo con sorna y un humor que se remonta a esa España del último tercio del siglo XX que empezaba a recuperarse de las heridas de la Guerra Civil y del franquismo más duro. No sabemos qué diría en este nuevo milenio, en el que los conflictos nos devoran: bélicos, económicos, políticos, sociales… pero seguro que el misticismo se le quedaba corto como chivo expiatorio.

Han pasado 30 años de su muerte y muchos de los temas que representó en sus cuadros siguen aún vigentes, como ese Antro de fósiles lleno de esqueletos que encoge el corazón al visitante, por el recuerdo de las imágenes actuales de Gaza; La verbena, que condensa el ambiente festivo de pan y circo con el que acallar al pueblo, un recurso últimamente aderezado con chistorras; o la reivindicativa Joven negra, que parece el icono perfecto para Black Lives Matter y llega al museo por la puerta grande (porque acaba de ser adquirido para la colección permanente).

Guerra, populismo e identidad son algunos de los asuntos que trató la artista gallega en sus siete décadas de trayectoria, que ahora se exponen en el museo madrileño. El centro dirigido por Manuel Segade recuerda así a la gran dama de la Generación del 27: Maruja Mallo, una artista con siete vidas y numerosos estilos pictóricos, desde el realismo mágico hasta el surrealismo, la figuración monumental casi escultórica e incluso la abstracción geométrica.

Máscara y compás viene a recuperar el trabajo de esta autora, pionera en crear una cosmovisión femenina desde un punto de vista novedoso: el de la mujer moderna, libre e independiente. Porque, aunque dejó una huella imborrable en una generación de artistas e historiadores, lo cierto es que con los años el gran público se ha ido olvidando poco a poco de ella.

Ana María Gómez González fue una mujer tan fascinante como difícil de clasificar. Se cambió el nombre, se quitó años y creó todo un personaje en torno a sí misma, igual que hizo Warhol. Fue la única mujer en España que construyó su propia imagen a través de sus fotografías, entendidas casi como actos performativos.

Por eso resulta tan interesante contemplar algunos de los autorretratos presentes en el recorrido: en su estudio, con su amigo Neruda, como una diosa submarina oculta entre algas, junto una vía de tren abandonada, etc.

Los documentos gráficos que ahora presenta el Reina Sofía gracias al Archivo Lafuente adquirido en 2022 nos muestran a una persona excesiva y algo estridente, como también lo fue Dalí (con quien, por cierto, coincidió en varias ocasiones).

Pero ella siempre enseñó lo que quiso mostrar. No más. Controlaba muy bien su imagen, su producción e incluso el mensaje de sus pinturas, cargadas de feminismo. Porque el universo de Mallo era fundamentalmente femenino.

Vista de sala de la exposición "Maruja Mallo" con la obra "Antro de fósiles" en la pared. Imagen cortesía de Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Cuenta Patricia Molins, comisaria de la exposición, que, “a pesar de su desparpajo y su ironía, hay mucho que oculta. Es una de las creadoras que más me gustan porque me intriga. Y aunque es cierto que he descubierto muchas cosas de ella, me sigue intrigando mucho”. Como si la persona se hubiese escondido tras el personaje. Quizá por eso nunca lleguemos a conocerla del todo. Cabe destacar la labor de Molins para bucear en el catálogo razonado de la artista y seguir su huella por España, Brasil, Chile, Argentina y Uruguay, “donde vendió mucho”, para reunir el centenar de pinturas y cerca de 70 dibujos aquí presentes. Se trata, sin duda, de una ambiciosa retrospectiva que permite contemplar su legado en 11 salas, organizadas de manera cronológica y estructuradas por series, pues así trabajaba la autora.

Maruja Mallo. Joven negra. 1948. Óleo sobre lienzo. 47 x 38,5 cm. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

El recorrido, que supone una versión extendida de lo que ya se pudo ver en Santander, se desarrolla al compás que Mallo marca: primero en su Galicia natal, con unos retratos de cuando era estudiante; después en Madrid, al entrar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando; siguiendo por París y Buenos Aires, donde se exilió 25 años. Hasta acabar de nuevo en Madrid.

Entre las novedades de la muestra, hay que destacar Arquitectura fósil I, obra que figuraba en el catálogo de la artista como perdida, además de un dibujo de 1933 que no se conocía. También el llamado Cuaderno de Galicia que completó los meses previos al estallido de la Guerra Civil.

Por supuesto, no faltan sus cinco verbenas, esas que tanta fama le dieron en 1928 cuando Ortega y Gasset las expuso por vez primera en los salones de la Revista de Occidente y que ahora se vuelven a reunir. Tampoco las autoproclamadas “simbologramas”, aquellas estampas donde Mallo combinaba imágenes y acrósticos, el Espantapájaros que sedujo al mismísimo André Bretón –quien compró el cuadro– ni el Espantapeces, que muestra las “cloacas” de esa tierra de excrementos que dejó la guerra.

Cabezas africanas como diosas o heroínas, máscaras teatrales y platos cerámicos completan esta retrospectiva de Maruja Mallo, que podrá verse en la primera planta del Edificio Sabatini del Museo Reina Sofía hasta 16 de marzo. Sol G. Moreno

Vista de sala de la exposición "Maruja Mallo. Máscara y compás" en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid.
Vista de sala de la exposición "Maruja Mallo. Máscara y compás" en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid.