Sin noticias de las joyas robadas del Louvre
El chapucero, pero efectivo, robo de las joyas de la familia imperial francesa está produciendo un terremoto político en Francia. A la vez, permite hacer una reflexión sobre la seguridad en los museos que no es banal, a la vista de los constantes y reiterados incidentes que vienen produciéndose en los últimos meses. TEXTO: Fernando Rayón
El terremoto político francés no solo es achacable al robo del Louvre, cuando cuatro individuos sustrajeron ocho piezas del tesoro de Napoleón en un tiempo récord. La entrada del expresidente Sarkozy en prisión por utilizar fondos libios para su campaña electoral es solo la punta del iceberg de una crisis institucional que ha llevado a algunos analistas a ver los terminales de una potencia extranjera en el ataque al Louvre. Todo es posible. Pero cuanto más se analiza el robo, más dudas surgen sobre si hoy es posible garantizar la integridad de nuestras colecciones públicas.
Los ataques ecologistas a pinturas, la masificación, la contaminación y los deterioros involuntarios son una constante en los museos. Si a todo ello añadimos los robos de obras de arte –en la última semana, en España, ha desaparecido un Picasso que viajaba desde Madrid a Granada–, se dibuja un panorama harto inquietante para las instituciones.
Personalmente, lo que más me ha sorprendido ha sido la incapacidad de los vigilantes del Louvre –una contrata con una empresa privada– para frenar a los cuatro ladrones que solo iban provistos de radiales para destrozar las urnas donde se guardaban las joyas reales. Su única arma era un móvil –que por cierto utilizaron con poca destreza–, con el que solo se permitieron grabar a los ladrones en plena fechoría. Patético. Un Guardia Civil les hubiera administrado un par de pescozones y hubiera acabado en dos minutos con el intento.
Pero este robo no servirá solo para reflexionar sobre los sistemas de seguridad de los museos sino también para revisar el modelo. Que los museos, año tras año, quieran adornarse con el incremento de sus visitantes no es bueno.
Pronto habrá que revisar esas políticas que ni siquiera permiten contemplar decentemente las obras de arte. Es preferible incrementar el precio de las entradas o no vender tantos catálogos a convertir la experiencia maravillosa de visitar un museo en una gymkama imposible en entradas, salas y roperos.
La familia Napoleón llora la pérdida de sus joyas robadas en el Louvre, quizá porque era lo que quedaba de su Imperio francés. Mientras, el museo guarda silencio. Como nadie toma medidas, la única duda es saber quién será el siguiente.
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