Vieira da Silva, la artista que diseccionó el espacio
La autora franco-lusa desembarca en el Guggenheim Bilbao con una retrospectiva compuesta por laberínticos paisajes reales e imaginarios, escenas de interiores y seres danzantes interpretados en clave abstracta, con tintes cubistas y futuristas.
No es nueva en el museo, pero sí se estrena en solitario. Maria Helena Vieira da Silva ya se expuso hace unos años en el Guggenheim gracias a Mujeres de la abstracción; entonces descubrimos su peculiar estilo, a medio camino entre la descomposición del plano propia del cubismo y el dinamismo típico del futurismo a través de tres trabajos suyos. Ahora regresa para protagonizar su propia individual, integrada por 67 obras que presentan un recorrido por cinco décadas de producción.
Estructuras laberínticas, dameros de ajedrez, ritmos cromáticos y perspectivas fragmentadas inundan la planta baja del museo creando una especie de mundo pseudo-imaginario en constante transformación. Desde luego, no se trata de piezas cinéticas, pero algunas de las pinturas de la artista nos invitan a sumergirnos en el cuadro de manera hipnótica a medida que nos acercamos más a la obra y descubrimos que se desplaza con nosotros al son de olas humanas, como ocurre en Historia marítima trágica o naufragio (tal es la energía y movimiento que emanan).
En realidad la artista no es del todo figurativa, porque desdibuja las formas en motivos geométricos; ni abstracta, porque representa paisajes y ciudades (a veces incluso bailarines y jugadores de naipes). Su arte es una singular combinación de ambas que nos traslada a un peculiar universo donde las fronteras entre lo real y lo imaginario se desdibujan.
Maria Helena Vieira da Silva (1908-1992) nació en Lisboa y, aunque sus influencias portuguesas están muy presentes –repite de manera recurrente el motivo del azulejo–, desarrolló casi toda su carrera en París; la ciudad moderna que le enseñó que todos los rincones del mundo, fuesen interiores o exteriores, podían traducirse pictóricamente en diminutas parcelas, como teselas de un mosaico que aúna la memoria del tiempo y el espacio en un lienzo bidimensional. Y es que, si hay algo que obsesionó desde el principio a la autora franco-lusa fue la representación del espacio, que diseccionó con su pincel una y otra vez. Como si de un cuerpo humano se tratase, representó “el esqueleto del espacio”, según la comisaria Flavia Frigeri. “Ya desde su juventud estuvo muy interesada por la anatomía. Se llevaba a casa todos los huesos que podía para dibujarlos”.
Por eso no extraña que el título de la muestra bilbaína, que podrá verse hasta el 22 de febrero de 2026 tras su paso por Venecia, sea Anatomía del espacio. Porque eso es lo que presenta: una disección precisa y minuciosa del mismo, visto a través de los ojos de una artista que quiso traducir el espacio en términos pictóricos, imbuida por movimientos como el cubismo y el futurismo, aunque reinterpretados con un estilo libre.
“Maria Helena nunca perteneció a ningún movimiento ni a ningún grupo pero, como ocurre con todos los artistas, fue muy consciente de lo que estaba pasando a su alrededor”, comenta la comisaria.
Aunque para el público español es prácticamente desconocida, Viera da Silva consiguió encontrar un hueco en el contexto artístico del siglo pasado. Ya en 1943 participó en la exposición organizada por Peggy Guggenheim en su galería neoyorquina titulada 31 mujeres.
Sin embargo, ese no fue el primer acercamiento a la todopoderosa familia coleccionista, porque seis años antes ya había vendido Composition (1936) a Salomon R. Guggenheim a través de Hilla Rebay (de hecho, fue la segunda pieza que la artista vendió en vida).
Esta obra, que todavía se mantiene en los fondos del museo neoyorquino, ha viajado hasta Bilbao para participar en la muestra actual, que traza un recorrido cronológico por la trayectoria de la artista de 1930 a 1980. Desde sus primeras obras, en las que se aprecia esa búsqueda de estilo propio, hasta su exilio brasileño, que coincide con la Segunda Guerra Mundial –su marido Arpad Szenes era judío y tuvieron que huir de Francia por temor al ascenso nazi–, pasando por sus composiciones blancas de los años 1950.
El descubrimiento de Vieira da Silva por parte del Guggenheim Bilbao responde a sus esfuerzos por rescatar figuras femeninas tradicionalmente olvidadas o relegadas a un segundo plano, pues en el pasado ya nos ha descubierto (o recordado) nombres como Hilma af Klimt, Lee Krasner, Martha Jungwirth o Lygia Clark. Sol G. Moreno



